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LOS TRES DESEOS
Por Pacho Cen­teno
(Colom­bia)


Ellos son una pareja infe­liz. Ha pasado mucho tiempo desde que se casaron y casi ni se hablan —como si se lo hubieran dicho todo—. Es evi­dente que ya no existe el amor en esta relación. Todo el amor que tenían se lo legaron a sus hijos, quienes se mar­charon de casa hace algunos años, quedando solos y en hastío.

El es un colec­cionista de cosas vie­jas. Una noche regresa a su casa con una lám­para que com­pró en una tienda de antigüedades; la coloca sobre la mesa de come­dor, enciende el tele­vi­sor para ver el noticiero al mismo tiempo que le exige a su mujer:


—Ya puedes servirme la cena; tengo mucha ham­bre. Ella sim­ula no escucharlo, como siem­pre. Esta sen­tada en la sala, leyendo una nov­ela de amor; es una buena lec­tora y aque­lla nov­ela le trae recuer­dos de años pasa­dos y lejanos. De pronto, repara en la lám­para que su marido ha traído a casa, piensa que se parece a la que siem­pre dibu­jan en el cuento de Aladino; entonces cierra el libro, se lev­anta del sil­lón, toma la lám­para y —en broma— la frota tres veces. Como en el cuento, de la lám­para brota una luz bril­lante y tam­bién un genio con tur­bante y zap­atil­las de satín. Ante el estru­endo que se pro­duce, el marido retira su aten­ción del tele­vi­sor y se dirige al come­dor. Los dos están sor­pren­di­dos; él más que ella, puesto que ella ya conocía la his­to­ria.


genio-lamparaEl genio lib­er­ado les dice que les va a cumplir tres deseos, pero de la sigu­iente man­era: un deseo para ella, otro para él y uno más que deberán pedir de común acuerdo entre los dos.

—Tienen hasta una hora para decidir­los —dice el genio sati­nado mien­tras se esfuma ante la atónita pareja.
—-¿Y ahora qué? —dice el marido.
-—No sé —con­testa la esposa—, piensa en tu deseo que yo pen­saré en el mío.
—-Está bien —dice el marido— pero mien­tras tanto quiero mi comida: un par de huevos fritos y un chorizo.

No ha ter­mi­nado de decir chorizo, cuando dos huevos y un chorizo apare­cen sobre la mesa.
—-¡Pero qué es esto! —exclama hor­ror­izado el sor­pren­dido marido, ale­gando hacia el lugar por donde se esfu­mara el genio—, este no fue mi deseo no fue esto lo que quise pedir me estaba refiriendo a la comida que debía servirme mi mujer, no a mi deseo no es justo.
—-¡Qué tonto eres! —dice la mujer con una pequeña y sar­cás­tica son­risa dibu­jada en sus labios—. Has des­perdi­ci­ado tu deseo, pero me has ahor­rado el tener que prepararte tu comida, lo cual te agradezco inmen­sa­mente. Al menos cómete los huevos y buen provecho.

El marido se los come, y tal y como lo desea su mujer le caen muy bien, le aprovechan.
-—¡Nooooo! —dice la mujer—, no fue eso lo que ver­dadera­mente deseé buen prove­cho es tan solo un decir, algo que se le desea a alguien que está a punto de comer es injusto.

En ese momento el genio aparece y les recuerda que les queda un solo deseo, pero que deben pedirlo de común acuerdo. Acto seguido se desa­parece.
-—¿Y ahora qué? —vuelve a decir el marido.
—-No sé —con­testa la mujer—, creo que los dos hemos hecho el tonto con nue­stros deseos. Nos por­ta­mos como dos egoís­tas.
-—Mejor pense­mos bien lo que quer­e­mos pedir para los dos.

—-No se me ocurre nada —dice ella—. Estoy leyendo una nov­ela de amor sobre una pareja que ha dejado de amarse por culpa del tiempo. -—Como nosotros —com­para él.
—-Sí, como nosotros —con­firma ella.
—-Y ¿qué les sucede? —se interesa él.
-—Al final se vuel­ven a enam­orar como cuando se conocieron la primera vez —cuenta ella.
—-¿Te gus­taría que me volviera a enam­orar de ti? pre­gunta él.
—-Me gus­taría; odio tu ausen­cia y ese silen­cio tuyo que solo sabes romper cuando exiges tu comida, —se queja ella.
—-Bien, ¿por qué no lo inten­ta­mos? —sug­iere él.
—-Sólo si tú tam­bién lo deseas —condi­ciona ella.
—-Lo deseo más que a nada en el mundo, —con­fiesa él.

Mien­tras hablan, él y ella, se toman de la mano por primera vez en muchos años y se miran a los ojos. Es evi­dente que el tiempo ha tran­scur­rido sin piedad, son noto­rias las huel­las de sus his­to­rias en la piel, sin embargo, en aquel instante, sien­ten
latir sus cora­zones al ritmo de los cora­zones de un par de ado­les­centes que se aca­ban de encon­trar en la vereda trop­i­cal de antaño. Entonces, se regalan una son­risa y luego un beso que ape­nas sí roza sus labios, pero que va impreg­nado de pequeñas prome­sas y esperanzas.


Allí, sen­ta­dos en el sofá de la sala, con­fun­di­dos en el mejor de los abra­zos, esperan ansiosos la apari­ción del genio de la lám­para a quien le pedirán como ter­cer deseo que les con­ceda la opor­tu­nidad de vol­verse a enam­orar. Pero pasan las horas y el genio de la lám­para no aparece. Tam­poco hace falta que lo haga, su ter­cer deseo ya se está cumpliendo.

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